TRABAJAR EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS

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Hace catorce días que de mis ojos caen un par de lágrimas cuando cuelgo a mis padres por nuestra ya tradicional videollamada diaria. Hoy, me he emocionado especialmente cuando mi madre me ha dicho que, en mi barrio de toda la vida, cada tarde a las ocho, mi padre (de 71 años) coge el megáfono que tengo en mi cuarto y pone música a los vecinos a través de su móvil. Cada día elige una versión del nuevamente popular tema “Resistiré”. También me ha dicho que – “por favor tenga mucho cuidado cuando entreviste a la gente, que me distancie más… que sabe que soy muy cariñoso y cercano, pero ahora lo que prima es la salud”. 

Aunque sin duda esas no han sido las peores lágrimas. Las peores fueron hace unas horas cuando me llamaron para decirme que mi primo Víctor, con discapacidad, está ingresado en un hospital madrileño por coronavirus. 

Ahora mismo está luchando contra un virus del que por desgracia él no sabe absolutamente nada. Algo bueno que tiene la discapacidad mental es eso… que en los peores momentos la razón no puede traicionarte y provocarte miedo. 

Parece que evoluciona favorablemente y hoy me ha quedado tranquilo porque desde el hospital al menos puede ver la tele, así que mañana espero poder mandarle un beso a través de la pantalla y que por lo menos, alguna cara le resulte conocida en este terrible aislamiento. 

Los tiempos cambian y también la equipación de trabajo. A mi tradicional mochila de batalla uno ahora los guantes, la mascarilla, el gel de manos, el alcohol y por supuesto el papel film para proteger el micrófono (quién nos iba a decir que el papel de cubrir la comida de toda la vida tendría tanta presencia en los televisores hoy en día, ¿verdad?) 

Nacho González, operador de cámara

Los cámaras y reporteros de televisión nos hemos convertido en parejas de la Guardia Civil, siempre vamos juntos, con protocolos de seguridad y mientras uno conduce (normalmente el cámara) nos gastamos bromas emulando a los vehículos VTC; pidiendo música o alguna botella de agua (hay que sacar algo de humor)

Mientras tanto mis compañeros se dejan la piel superando adversidades, tele trabajando, produciendo temas a un ritmo insuperable e intentando no caer como soldados de guerra.

Además, nadie les ve, hacen un trabajo en la sombra para que presentadores y reporteros podamos lucirnos en un, a veces injusto, primer plano. 

Y volviendo a la calle, a la trinchera, día a día llega la batalla contra tu estado de ánimo. No tengo miedo al virus. Mi mayor reto es no dejarme llevar por la situación. Es difícil no emocionarse con las historias de superación, las cadenas de solidaridad; una panadera que regala el pan a personas sin dinero, unas hermanas que hacen mascarillas desde su taller de costura (sin saber si podrán pagar el alquiler del próximo mes), un taxista que lleva a las personas mayores gratuitamente a la farmacia…  

 

 

Son decenas las historias que me llegan a mis redes sociales cada día y aunque intento desconectar (lo juro), no puedo dejar de sentir que no hago lo suficiente.
Es un sabor agridulce. Saber que estás ayudando con tu pequeño granito de arena, pero no poder hacer más.
Creo que es un sentimiento colectivo. He llegado incluso a sentirme culpable por tener trabajo, mientras que a la gran mayoría de mis compañeros de profesión les han despedido sin saber cuándo volverán. 

– ¡Volverán pronto seguro!, me dice siempre mi amiga Pamela al otro lado del teléfono cuando me pongo melodramático. 

A fin de cuentas, ser reportero es eso, ¿no? Es contar las historias de otros para que todo el mundo pueda conocerlas y sacar sus propias conclusiones. La historia del mundo ahora tiene un claro protagonista y se llama COVID 19. Un personaje que por desgracia lleva demasiados días ya en cartelera, pero que como todos los grandes estrenos de cine… al final acabará pasando de moda. 

Hace dos días cuando volvía a casa como cada noche, un vecino de unos 85 años empezó a aplaudir desde su balcón. Extrañado miré hacia arriba y con cierto sarcasmo le dije;

“Oiga, que el aplauso es a las 20:00h y son ya las 21:15h”

Esbozando media sonrisa me devolvió la mirada y añadió; 

-“El aplauso es para ti chaval, que cuando te veo en la tele pienso que ya queda menos”.

Y con eso me voy a la cama hoy :=) Pensando que ya queda menos para que el protagonista de mis reportajes no tenga el mismo nombre y apellidos. 

@RafaRodrigoZ

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